Historias sorprendentes

El Gran Hedor de 1858: el verano en que el Támesis obligó a transformar Londres

El Támesis llevaba años recibiendo residuos, pero en 1858 el calor llevó el olor hasta el Parlamento y convirtió una crisis sanitaria postergada en decisión política.

Publicado Actualizado Por 3 min de lectura

En el verano de 1858, el olor del Támesis atravesó las ventanas del Parlamento británico. El río recibía aguas residuales y desechos industriales; el calor intensificó su descomposición. La crisis que se conoció como el Gran Hedor llevó a los diputados a discutir una cuestión pendiente: quién tenía autoridad para ejecutar y financiar el saneamiento.

Una ciudad moderna con un río convertido en cloaca

La expansión de los inodoros con descarga aumentó el volumen de aguas residuales enviado a antiguos desagües. Muchas alcantarillas desembocaban directamente en el Támesis, del que también se obtenía agua. Mataderos, fábricas y mercados añadían residuos. La infraestructura local fragmentada no podía resolver un problema metropolitano.

En aquella época dominaba todavía la teoría miasmática, que atribuía enfermedades como el cólera al aire corrupto. El mal olor no era la causa directa de la infección, pero indicaba condiciones peligrosas. El trabajo de John Snow había relacionado el cólera con agua contaminada, aunque esa explicación aún no era aceptada de forma general.

El debate del 25 de junio: quién tenía poder para actuar

En el debate del 25 de junio de 1858, Owen Stanley denunció que dos proyectos de la Junta Metropolitana de Obras habían sido rechazados y que otro se había aplazado hasta octubre. Propuso trasladar competencias a una comisión. Lord John Manners negó ese aplazamiento y sostuvo que el Gobierno carecía de facultades legales para ejecutar por sí mismo la solución.

Stanley también leyó una noticia del tribunal de Queen’s Bench: el cirujano John Bredall consideraba peligroso el aire y el juez Campbell discutió con abogados y jurados si debían continuar. El olor había entrado tanto en las salas de justicia como en el Parlamento.

El desacuerdo sobre las competencias tenía consecuencias materiales: disponer de un proyecto de alcantarillado no bastaba para ponerlo en marcha. El debate muestra a los diputados discutiendo cómo convertir la urgencia sanitaria en una obra autorizada.

Cuando Westminster ya no pudo apartar la nariz

Cortinas empapadas en desinfectante fueron colocadas en edificios públicos y se discutió trasladar las sesiones parlamentarias. El problema dejó de ser una molestia de barrios pobres y llegó físicamente a los legisladores. En pocas semanas se aprobaron recursos y facultades para una intervención de gran escala.

La red de Joseph Bazalgette

El ingeniero jefe Joseph Bazalgette diseñó alcantarillas interceptoras que recogían los vertidos antes de que entraran en el centro del río y los transportaban aguas abajo. El sistema incluyó estaciones de bombeo, grandes túneles y nuevos terraplenes que cambiaron la forma de la ribera.

Bazalgette calculó capacidad adicional sobre las necesidades de su tiempo, decisión que permitió que partes de la red siguieran funcionando durante generaciones. La obra combinó ingeniería sanitaria, transporte y urbanismo: bajo avenidas y jardines se ocultaba una infraestructura destinada a mantener la ciudad habitable.

El límite de mezclar lluvia y aguas residuales

El sistema redujo drásticamente el vertido en el centro y contribuyó a terminar con las grandes epidemias de cólera. Sin embargo, el alcantarillado combinado transportaba lluvia y aguas residuales por los mismos conductos. Con una población mucho mayor, los desbordamientos volvieron a contaminar el río durante tormentas.

Fuentes consultadas

Sobre Duber Rodríguez

Fundador y responsable editorial de Datos Históricos. Coordina la selección de temas, el contraste de fuentes, la redacción y la revisión final de las publicaciones.