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Misterios y enigmas

El manuscrito Voynich: un libro real que todavía no podemos leer

El manuscrito Voynich es un códice medieval auténtico cuya escritura todavía no tiene una lectura aceptada. Su valor está en lo que permite comprobar y en lo que obliga a reconocer como desconocido.

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Folio ilustrado del manuscrito Voynich con escritura y plantas

El manuscrito Voynich tiene páginas plegables, dibujos de plantas que no encajan fácilmente con especies conocidas, ruedas astronómicas y figuras humanas dentro de conductos y piscinas. Casi todo está acompañado por una escritura fluida que nadie ha logrado leer de manera aceptada. El libro es real; la certeza termina mucho antes que sus ilustraciones.

Un objeto medieval con historia moderna

La datación por radiocarbono sitúa el pergamino entre 1404 y 1438. Análisis de tintas y pigmentos son compatibles con materiales históricos, aunque fechar el pergamino no identifica el momento exacto de escritura. El códice pudo producirse en Europa central, pero su autor y primer propósito son desconocidos.

El nombre procede de Wilfrid Voynich, comerciante de libros que lo adquirió en 1912. Entre sus propietarios anteriores estuvo el emperador Rodolfo II, según una carta vinculada al manuscrito. Después de pasar por distintas manos, fue donado a la Beinecke Library de Yale, donde se conserva como MS 408.

Los pliegues y las hojas que faltan

El catálogo material de Yale describe un volumen de unos 225 por 160 milímetros, con hojas que se despliegan hasta ocupar varias veces el tamaño de una página corriente. Su foliación no es continua: entre las ausencias registra la hoja 12 y las numeradas del 59 al 64. Por eso el último número escrito en el libro no equivale al total de hojas conservadas.

El gran desplegable que el catálogo sitúa en los folios 85–86 contiene nueve medallones conectados por estructuras dibujadas. En otras partes aparecen plantas, recipientes, figuras humanas y diagramas astrales. Nombres como «botánica», «farmacéutica» o «cosmológica» sirven para ordenar las imágenes; no son títulos de capítulos traducidos de la escritura desconocida.

Los pliegues y las lagunas afectan al análisis. Una secuencia que parece interrumpirse puede haber perdido una hoja; una ilustración puede extenderse más allá de la página visible en una reproducción recortada. Examinar el manuscrito como objeto encuadernado evita atribuir automáticamente esas discontinuidades a un código.

La escritura conserva regularidades de signos, posiciones y repeticiones. Compararlas exige registrar también en qué hoja aparecen y qué parte del cuaderno ha sobrevivido.

Por qué los anuncios de descifrado no bastan

Cada pocos años aparece una propuesta que identifica la lengua como latín abreviado, hebreo, una lengua romance, náhuatl o un código privado. Muchas pueden asignar significados a unas cuantas palabras, pero fallan al aplicar el método de forma consistente al resto del libro o no permiten que otros reproduzcan el resultado.

Un descifrado convincente debe explicar el sistema de signos, la gramática, el vocabulario y el contenido de páginas nuevas sin cambiar las reglas. También debe concordar con la cronología y el contexto material. Hasta ahora no existe consenso académico que cumpla esas condiciones.

Código, lengua o construcción elaborada

El texto podría representar una lengua natural, un cifrado, un sistema artificial o incluso una producción sin significado semántico realizada mediante reglas. La extensión y regularidad vuelven difícil explicar el manuscrito como una broma improvisada, pero no descartan una construcción deliberada.

Cinco manos en las páginas digitalizadas

Las imágenes de Yale permiten comparar rasgos que no requieren traducir una sola palabra: la inclinación de un trazo, la forma de cerrar un signo o las variantes que utiliza una misma mano. Lisa Fagin Davis aplicó ese análisis paleográfico y publicó en 2020 su estudio How Many Glyphs and How Many Scribes? Digital Paleography and the Voynich Manuscript. Concluyó que habían intervenido cinco escribas.

Reconocer varias manos cambia el problema. Ya no se estudia necesariamente la escritura privada de una sola persona, sino una práctica compartida. El resultado no identifica a los autores ni demuestra que pertenecieran a un monasterio: esa posibilidad sigue siendo una interpretación. Tampoco asigna sonidos o significados a los signos.

El facsímil digital del MS 408 conserva juntos esos dos niveles de conocimiento. Se pueden examinar las páginas, contrastar la propuesta de Davis y describir cómo se fabricó el códice. La lectura de su texto sigue necesitando una clave que produzca resultados coherentes fuera de los ejemplos elegidos por quien anuncia un descifrado.

Una página del Voynich: observar antes de interpretar

Selecciona los números para distinguir lo que muestra la página de las conclusiones que no permite sacar. Tab y Enter activan los controles.

Página del manuscrito Voynich con dibujo vegetal, líneas de signos abajo y el número 55 en el margen superior.

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1. Una marca de foliación

En el margen superior se ve el número 55. «105» forma parte del nombre del archivo digital reutilizado, no es el número escrito en la hoja. Confundir una secuencia de imágenes con la foliación dificulta localizar y citar un manuscrito.

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2. Una planta dibujada no es una especie identificada

Se distinguen tallos, hojas y formas semejantes a flores. La semejanza visual permite describir el dibujo, pero no basta para asignarle una especie ni una receta medicinal. Las secciones botánicas son una clasificación por sus imágenes, no una traducción de sus textos.

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3. Ver signos no equivale a leerlos

Las líneas se distribuyen alrededor del dibujo. Podemos estudiar su disposición y comparar signos entre páginas sin conocer su significado. No se ofrece aquí una transcripción ni un desciframiento: la escritura sigue sin una lectura aceptada.

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Autor desconocido. Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale, MS 408. Reproducción fotográfica fiel de una obra en dominio público, vía Wikimedia Commons. «105» identifica el archivo de esta reproducción. La fotografía no está recreada.

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1. Una marca de foliación

En el margen superior se ve el número 55. «105» forma parte del nombre del archivo digital reutilizado, no es el número escrito en la hoja. Confundir una secuencia de imágenes con la foliación dificulta localizar y citar un manuscrito.

2. Una planta dibujada no es una especie identificada

Se distinguen tallos, hojas y formas semejantes a flores. La semejanza visual permite describir el dibujo, pero no basta para asignarle una especie ni una receta medicinal. Las secciones botánicas son una clasificación por sus imágenes, no una traducción de sus textos.

3. Ver signos no equivale a leerlos

Las líneas se distribuyen alrededor del dibujo. Podemos estudiar su disposición y comparar signos entre páginas sin conocer su significado. No se ofrece aquí una transcripción ni un desciframiento: la escritura sigue sin una lectura aceptada.

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Fuentes consultadas

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Duber Rodríguez

Fundador y responsable editorial de Datos Históricos. Coordina la selección de temas, el contraste de fuentes, la redacción y la revisión final de las publicaciones.

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