Los príncipes de la Torre: lo que sabemos de una desaparición convertida en acusación
La desaparición de Eduardo V y su hermano Ricardo en 1483 está documentada solo de manera incompleta y sigue rodeada de acusaciones posteriores.

En 1483, el joven Eduardo V llegó a Londres para ser coronado después de la muerte de su padre, Eduardo IV. Fue alojado en la Torre, entonces residencia real además de fortaleza y prisión. Su hermano menor, Ricardo de Shrewsbury, se reunió con él. Ambos fueron vistos cada vez menos y desaparecieron de los registros públicos. Ningún documento contemporáneo explica con certeza qué ocurrió.
Una sucesión alterada en pocas semanas
Ricardo, duque de Gloucester y tío de los niños, fue nombrado protector. Poco después, el matrimonio de Eduardo IV con Isabel Woodville fue declarado inválido y sus hijos fueron considerados ilegítimos. Gloucester se convirtió en Ricardo III.
La coronación prevista de Eduardo nunca ocurrió. La rapidez del cambio y la custodia de los niños colocaron a Ricardo en el centro de las sospechas. Para muchos contemporáneos, mientras los herederos vivieran podían convertirse en un foco de rebelión.
Mancini y Moro no escribieron desde el mismo momento
Historic Royal Palaces distingue el relato de Dominic Mancini de la narración posterior de Tomás Moro. Mancini estuvo en la corte inglesa en 1482–1483 y recogió lo que presenciaba y oía, incluidos rumores. Su descripción del encierro afirma que los niños fueron vistos cada vez menos, hasta dejar de aparecer. Expresaba ya una sospecha de muerte, sin describir un asesinato que hubiera presenciado.
Moro escribió su historia inconclusa de Ricardo III entre 1513 y 1518, unos treinta años después de la desaparición. Presentó una escena de asesinato por orden del rey y dio forma narrativa a una acusación que influiría en Shakespeare. La distancia temporal y el contexto Tudor deben tenerse en cuenta al utilizarla.
La diferencia entre ambos textos impide dos simplificaciones. Los rumores no comenzaron únicamente con los Tudor, porque Mancini ya los recogía en 1483. Pero que existiera una sospecha contemporánea tampoco verifica todos los detalles de una escena escrita décadas después. Para reconstruir el caso hay que preguntar qué podía saber cada autor y de quién lo obtuvo.
Otros sospechosos y un problema de oportunidad
Se han propuesto figuras como Henry Stafford, duque de Buckingham, o el propio Enrique Tudor. Cada hipótesis intenta combinar motivo, acceso y beneficio. Sin embargo, Ricardo controlaba la Torre y el gobierno durante la desaparición, una circunstancia que mantiene su responsabilidad política incluso sin una orden escrita.
También es posible que uno o ambos niños murieran por enfermedad o que fueran ocultados, pero las rebeliones posteriores utilizaron pretendientes que afirmaban ser Ricardo. La ausencia de una aparición verificable fortaleció la creencia de que habían muerto.
Los huesos de 1674 y la imposibilidad de cerrar el caso
Durante obras en la Torre se encontraron huesos infantiles bajo una escalera. Fueron enterrados en Westminster como los príncipes. Un examen de 1933 estimó edades compatibles de forma amplia, pero los métodos y la procedencia no permiten una identificación segura.
El examen de 1933 no estableció una identificación concluyente. Un eventual resultado genético también necesitaría contexto arqueológico para explicar cuándo y cómo murieron las personas a las que pertenecen los restos. El misterio persiste porque el archivo es incompleto y porque la historia posterior convirtió una desaparición en pieza central de la legitimidad dinástica.
Dos textos distintos sobre los mismos restos
La Abadía de Westminster conserva la transcripción de la orden dirigida a Christopher Wren el 18 de febrero de 1675 para preparar el sepulcro. El documento describe los cuerpos como supuestamente pertenecientes a los príncipes. La inscripción latina redactada en 1678, en cambio, atribuye el asesinato a Ricardo III y presenta la identificación como segura.
La diferencia no aporta un testigo nuevo de 1483. Muestra cómo el mismo hallazgo pasó de una atribución cautelosa a una afirmación monumental casi dos siglos después de la desaparición. En julio de 1933 se abrió la urna para examinar los restos y luego se volvió a sellar. La inscripción sigue siendo evidencia de cómo fueron conmemorados los niños; no puede sustituir la prueba de su identidad ni de las circunstancias de su muerte.