Así era el horizonte de Nueva York hace 100 años, antes del Empire State

En 1926, el edificio más famoso del horizonte de Nueva York todavía no existía.
El Empire State Building no se había levantado. El Chrysler Building tampoco coronaba Manhattan con su aguja de acero. La imagen que hoy asociamos inmediatamente con Nueva York estaba todavía en construcción.
Sin embargo, la ciudad ya llevaba décadas aprendiendo a crecer hacia arriba.
Hace un siglo, desde los ríos Hudson y East, Manhattan aparecía como una masa irregular de edificios de oficinas de la que sobresalían unas pocas torres extraordinariamente altas. Algunas parecían campanarios medievales. Otras imitaban palacios renacentistas. La estética Art Déco que dominaría la siguiente etapa apenas comenzaba a abrirse paso.
Era un horizonte diferente, pero ya reconociblemente neoyorquino.
La carrera por conquistar el cielo
A comienzos del siglo XX, la combinación de estructuras de acero, ascensores más fiables, terrenos extremadamente valiosos y una creciente demanda de oficinas permitió que Nueva York desarrollara edificios de una escala que pocas ciudades podían igualar.
En 1908, el Singer Building se convirtió en una de las grandes agujas de Lower Manhattan. Su torre alcanzaba aproximadamente 187 metros y durante un breve período fue el edificio de oficinas más alto del mundo.
El récord duró poco.
En 1909, la Metropolitan Life Insurance Tower, junto a Madison Square, alcanzó unos 214 metros. Inspirada en el campanario de San Marcos de Venecia, representaba una característica habitual de aquellos primeros rascacielos: su estructura pertenecía a la era del acero y el ascensor, pero su apariencia seguía recurriendo al lenguaje arquitectónico del pasado.
Cuatro años después apareció el edificio que dominaría el horizonte neoyorquino durante buena parte de la década de 1920.
La “catedral del comercio”
El Woolworth Building abrió sus puertas en 1913.
Con 241 metros de altura, su torre neogótica se convirtió en una referencia visible desde enormes distancias y en el edificio de oficinas más alto del mundo de su época.
Su propietario, Frank W. Woolworth, había construido una fortuna mediante su cadena de tiendas de cinco y diez centavos. Para diseñar su gran torre de Broadway contrató al arquitecto Cass Gilbert.
El resultado combinaba arcos, pináculos y ornamentación de inspiración medieval. Su aspecto monumental ayudó a popularizar un sobrenombre que resumía perfectamente la relación entre arquitectura y capitalismo en la ciudad: la “catedral del comercio”.
Pero el edificio también permite comprender cómo funcionaban realmente aquellos gigantes verticales.
Aunque llevaba el nombre de Woolworth, la compañía utilizaba solo una pequeña parte del espacio disponible. La mayor parte de sus plantas estaba destinada a oficinas de alquiler.
La altura funcionaba como símbolo empresarial, pero también como negocio inmobiliario. En el Nueva York de aquellos años, un rascacielos podía actuar simultáneamente como sede corporativa, anuncio visible desde kilómetros y enorme máquina para producir rentas.
El problema de construir sin límites
El crecimiento vertical comenzó a producir consecuencias muy concretas a nivel de la calle.
Durante los primeros años de la carrera por las alturas, los edificios comerciales de Nueva York podían elevar grandes muros prácticamente desde los límites de sus terrenos. Las nuevas construcciones aumentaban la densidad y reducían la cantidad de luz y aire que alcanzaba algunas calles de Manhattan.
El Equitable Building se convirtió en el ejemplo más famoso de aquel problema.
Terminado en 1915 en 120 Broadway, el enorme edificio ascendía casi directamente desde los límites de su parcela. Su volumen generó preocupación por las sombras proyectadas sobre las calles y propiedades vecinas.
El problema no comenzó exclusivamente con el Equitable Building, pero aquella construcción se transformó en uno de los símbolos de la necesidad de establecer nuevas reglas para una ciudad que estaba creciendo verticalmente a una velocidad extraordinaria.
En 1916, Nueva York aprobó su primera gran resolución de zonificación.
Una ley que cambió la forma de los rascacielos
La resolución de 1916 relacionó la altura permitida de los edificios con el ancho de las calles y estableció retrocesos a determinadas alturas.
El objetivo era que los edificios fueran reduciendo su volumen a medida que ascendían, permitiendo que más luz y aire llegaran al nivel de la calle.
La regulación también permitía que una torre situada sobre una parte limitada del terreno pudiera continuar elevándose sin los mismos retrocesos. Esa combinación abrió la puerta a una nueva forma arquitectónica.
La ciudad comenzó a llenarse de edificios escalonados.
En lugar de enormes bloques verticales que ascendían directamente desde la acera, muchos rascacielos adquirieron una silueta semejante a una montaña artificial: una base ancha, sucesivos retrocesos y una torre cada vez más estrecha.
Lo que había comenzado como una regulación urbanística terminó transformándose también en una oportunidad estética para los arquitectos.
La ciudad comenzó a construirse como una montaña
Durante la década de 1920, los retrocesos exigidos por la zonificación comenzaron a formar parte de la identidad visual de Nueva York.
Uno de los ejemplos más llamativos apareció frente a Bryant Park.
El American Radiator Building, terminado en 1924 y diseñado principalmente por Raymond Hood, utilizó una masa escalonada que respondía a las nuevas condiciones urbanísticas, pero fue mucho más allá de una simple obligación técnica.
Su fachada de ladrillo oscuro, sus detalles dorados y su perfil ascendente hicieron que el edificio pareciera muy diferente a las torres neogóticas y neoclásicas que habían dominado las décadas anteriores.
Nueva York estaba comenzando a descubrir una estética propia para el rascacielos moderno.
La fotografía que acompaña esta entrada fue tomada precisamente en aquel momento. Irving Underhill retrató el American Radiator Building hacia 1924, cuando el horizonte de Manhattan se encontraba en plena transición.
Nueva York antes de convertirse en la Nueva York que conocemos
Observar el horizonte de Manhattan alrededor de 1926 significa contemplar una ciudad situada entre dos generaciones de rascacielos.
El Woolworth Building todavía dominaba Lower Manhattan. La Metropolitan Life Tower seguía elevándose sobre Madison Square. El Singer Building continuaba formando parte de la silueta del centro financiero. El Flatiron Building llevaba más de dos décadas ocupando su peculiar parcela triangular.
Pero la transformación estaba lejos de terminar.
La segunda mitad de los años veinte desencadenaría una nueva carrera por construir el edificio más alto del mundo.
El Chrysler Building comenzó a ascender en Midtown y, poco después, el Empire State Building llevaría la competencia a una escala que habría parecido extraordinaria incluso para los constructores de las décadas anteriores.
Cuando esas torres aparecieron, el paisaje urbano que había definido el comienzo del siglo quedó parcialmente eclipsado.
Por eso las fotografías de Nueva York de mediados de la década de 1920 resultan tan fascinantes. Capturan un momento muy breve: la ciudad ya era la capital mundial del rascacielos, pero todavía no poseía los edificios que terminarían convirtiéndose en sus símbolos más reconocibles.
El skyline de Nueva York nunca fue una imagen terminada.
Hace cien años ya estaba cambiando. La diferencia es que, en 1926, la ciudad todavía no sabía cuáles de sus nuevas torres acabarían definiendo su imagen ante el mundo.
Fuentes consultadas
The Skyscraper Museum — Skyline Through 1916
The Skyscraper Museum — Woolworth Building
New York City Department of City Planning — Historia de la zonificación de Midtown y la resolución de 1916
New York City Landmarks Preservation Commission — La resolución de zonificación de 1916 y los edificios escalonados
Library of Congress — American Radiator Building, fotografía de Irving Underhill, c. 1924