Cartagena de Indias, 1741: la gran expedición británica que no tomó la ciudad

Publicado el julio 21, 2026 | En Conflictos y poder

En 1741, Gran Bretaña reunió una de las mayores expediciones anfibias de su tiempo para tomar Cartagena de Indias. La ciudad resistió. Sin embargo, convertir la victoria en la obra solitaria de Blas de Lezo borra a soldados, marineros, milicianos, habitantes y enfermedades que también decidieron el resultado.

En 1741, el almirante británico Edward Vernon llegó a Cartagena de Indias al frente de una de las mayores expediciones anfibias de su tiempo. La ciudad era una pieza estratégica del imperio español: puerto de comercio, plaza fortificada y conexión con el interior de la Nueva Granada. En Londres, la victoria parecía tan probable que circularon medallas conmemorativas antes de que la batalla terminara.

La Guerra del Asiento llega a Cartagena

Gran Bretaña y España combatían por comercio, contrabando y poder imperial en el Caribe. Vernon había capturado Portobelo en 1739 y su éxito alimentó una campaña mucho más ambiciosa. Las cifras de barcos y hombres varían según qué transportes y unidades se cuenten, pero todas las fuentes coinciden en la enorme superioridad material británica.

La defensa estaba bajo la autoridad del virrey Sebastián de Eslava. El teniente general Blas de Lezo dirigía fuerzas navales y participó en decisiones clave. Reducir toda la resistencia a un duelo personal entre Vernon y Lezo borra a Eslava, a ingenieros, soldados peninsulares y americanos, milicias, marineros y trabajadores de la plaza.

Fortificaciones, canales y tiempo

Para alcanzar la ciudad, la flota debía superar accesos estrechos y fuertes como San Luis de Bocachica. Los defensores retrasaron el avance, hundieron o sacrificaron naves para obstaculizar canales y se replegaron hacia posiciones interiores. Cada día ganado aumentaba el costo logístico para los atacantes.

El momento decisivo llegó en torno al castillo de San Felipe de Barajas. Un asalto nocturno británico fracasó ante obstáculos, fuego defensivo y problemas de coordinación. Las escalas resultaron inadecuadas para ciertos muros y las tropas quedaron expuestas.

La enfermedad como fuerza militar

Fiebre amarilla, disentería y otras enfermedades golpearon a la expedición. El clima, el agua, el hacinamiento y el tiempo pasado frente a la costa redujeron la capacidad británica. Como en muchas campañas del siglo XVIII, más hombres quedaron fuera de combate por enfermedad que por fuego enemigo.

Vernon se retiró en mayo. La defensa preservó Cartagena y frenó una posible expansión británica sobre esa parte del Caribe español. Las pérdidas exactas continúan siendo discutidas porque los registros son incompletos y la propaganda de ambos imperios alteró los relatos.

Entre memoria y propaganda

Blas de Lezo murió en Cartagena meses después. Su relación con Eslava había sido conflictiva, y durante mucho tiempo su figura recibió un reconocimiento menor del que tendría siglos más tarde. Hoy la batalla suele utilizarse para construir relatos nacionales enfrentados.

Una lectura más completa conserva la hazaña defensiva sin convertirla en mito simple. Cartagena resistió por su geografía fortificada, la experiencia de sus mandos, el esfuerzo de una población diversa, los errores británicos y las enfermedades. El poder de una flota enorme encontró límites en un sistema defensivo capaz de ganar tiempo.

Representación histórica del ataque británico contra Cartagena de Indias en 1741
Una representación del ataque británico contra Cartagena de Indias en 1741.

Una victoria colectiva terminó convertida en duelo entre dos nombres

El relato popular enfrenta a Blas de Lezo y Edward Vernon como si la campaña hubiera sido una batalla personal. Esa forma de contar facilita la memoria, pero reduce una operación enorme a dos biografías. Las fortificaciones, la geografía, las decisiones del virrey Sebastián de Eslava, las tropas regulares, las milicias y las epidemias fueron determinantes.

Desde nuestra perspectiva, la defensa de Cartagena merece admiración precisamente por su complejidad. La expedición británica sufrió problemas de coordinación, enfermedades y dificultades logísticas en un entorno que favorecía a quienes conocían el terreno. También conviene evitar la satisfacción nacionalista que convierte el episodio en prueba de superioridad eterna. España y Gran Bretaña eran imperios que disputaban comercio, rutas y territorios coloniales; la población local vivía dentro de ese orden desigual. La batalla fue una victoria defensiva extraordinaria, pero también parte de una guerra imperial cuyo costo no se limitó a los grandes comandantes.

La propaganda británica llegó a celebrar la victoria antes de que la campaña terminara, incluso con medallas que representaban a Vernon triunfante. Ese detalle revela cuánto deseaban las autoridades controlar el relato. La derrota posterior convirtió esas piezas en testimonios de una certeza prematura y de la distancia entre propaganda y resultado militar.

Fuentes consultadas