Yuri Knorozov y la puerta que volvió legible a la civilización maya

Yuri Knórozov, lingüista soviético que descifró la escritura maya, sosteniendo a su gata Asya en una fotografía histórica en blanco y negro

Una gata en los créditos y un científico fuera de norma

Yuri Knorozov era conocido tanto por su rigor intelectual como por una costumbre que desconcertaba a editores y colegas.
Solía incluir a su gata siamesa, Asya, como coautora de sus artículos académicos. Cuando los editores eliminaban su nombre, protestaba. Cuando la recortaban de las fotografías oficiales, se molestaba.

No era un gesto excéntrico sin fondo.
Era su manera de recordar que el conocimiento no nace en soledad absoluta, que incluso la presencia más silenciosa puede acompañar un trabajo que parece solitario.

Más allá de la anécdota, su logro científico fue extraordinario.

El enigma que llevaba siglos esperando una lectura

Durante décadas, la escritura jeroglífica maya había sido uno de los grandes misterios de la arqueología.
No existía una “Piedra de Rosetta” que facilitara su comprensión. No había textos bilingües ni traducciones antiguas.

Solo glifos tallados en estelas, códices fragmentarios y monumentos dispersos por Mesoamérica.
Un sistema complejo que parecía hermético incluso para los especialistas.

Muchos pensaban que nunca podría ser leído.

Un trabajo hecho a miles de kilómetros de distancia

Yuri Knórozov concentrado en su escritorio mientras trabaja en el desciframiento de la escritura maya

Knorozov trabajó desde la Unión Soviética, sin viajar nunca a las ruinas mayas y con acceso limitado a publicaciones occidentales.
Su contacto con la escritura maya se daba a través de fotografías, copias y reproducciones.

A partir de ese material, llegó a una conclusión decisiva.
La escritura maya no era puramente ideográfica ni alfabética, sino silábica.

Cada signo representaba una sílaba.
No una letra aislada. No una idea abstracta.

Una estructura lingüística completa.

La idea que nadie quiso aceptar

Esta hipótesis contradecía la visión dominante de la época, defendida por figuras influyentes como el mayista británico J. Eric S. Thompson, quien rechazaba cualquier lectura fonética.

A eso se sumaron los prejuicios de la Guerra Fría.
Durante años, muchos académicos occidentales ignoraron o desacreditaron el trabajo de Knorozov simplemente por su origen soviético.

No se discutía solo una teoría.
Se discutía quién tenía derecho a proponerla.

Cuando la evidencia terminó por hablar

Con el tiempo, nuevos desciframientos confirmaron una y otra vez que Knorozov tenía razón.
Su método se convirtió en la base de la epigrafía maya moderna.

Por primera vez fue posible leer nombres de gobernantes, fechas históricas, rituales y acontecimientos políticos inscritos hacía más de mil años.
Las piedras empezaron a hablar.

La historia dejó de ser solo visual.
Se volvió legible.

Leer una civilización sin haber pisado sus ciudades

Monumento a Yuri Knórozov en Mérida, Yucatán, homenaje al científico que descifró la escritura maya

El antropólogo Michael D. Coe resumió años después la magnitud del logro.
Un investigador que jamás había pisado una ciudad maya había hecho posible la lectura de toda una civilización.

No fue un acto de genialidad súbita.
Fue el resultado de paciencia, rigor y una confianza obstinada en la estructura del lenguaje.

Una forma silenciosa de revolución.

El nombre que quedó, y la presencia que lo acompañó

Hoy, Yuri Knorozov es reconocido como la figura clave en el desciframiento de la escritura maya.
Su nombre está en libros, artículos y museos.

Y en muchas fotografías aparece acompañado por Asya.
La gata que, según él, también merecía figurar en la historia del descubrimiento.

No como símbolo.
Como testigo.

3 comentarios en «Yuri Knorozov y la puerta que volvió legible a la civilización maya»

  1. La rigurosidad del pensamiento científico implica un orden mental que comanda la idiosincracia y la manera de ser de esa persona.
    En esa perseverancia el ser humano descubre y le es visible lo que a otros les es vedado.
    Ahí tenemos el ejemplo de ese científico lingüísta.

    Responder

Deja un comentario