
Pesaba treinta kilos.
Tenía el cabello blanco a los nueve años.
No se había bañado en tres años.
Cuando le dijo a un soldado estadounidense “somos judíos”, él respondió “yo también” y le sostuvo la puerta.
Un año después, volvió a cruzarla como su esposa.
Una infancia antes de la oscuridad
Gerda Weissmann nació el 8 de mayo de 1924 en Bielsko, Polonia. Su infancia transcurrió rodeada de afecto, educación y estabilidad. Tenía padres presentes, un hermano, una casa segura y un futuro abierto. Nada en sus primeros años anticipaba lo que vendría después.
Todo cambió el 3 de septiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia. Gerda tenía quince años. En cuestión de meses, su mundo se desintegró. Llegaron las leyes antijudías, el trabajo forzado, la humillación cotidiana y las deportaciones.
En 1942 fue separada de su familia. Nunca volvió a ver a sus padres ni a su hermano. Los tres fueron asesinados.
Aprender a sobrevivir sin esperar nada

Durante los siguientes tres años, Gerda sobrevivió en campos de trabajo y de concentración. Hambre constante. Enfermedad. Violencia. Miedo. Trabajó hasta el agotamiento, aprendiendo a no esperar nada más que el siguiente amanecer.
No sobrevivía por esperanza.
Sobrevivía por resistencia.
En enero de 1945, cuando el ejército soviético comenzó a avanzar, los nazis decidieron evacuar los campos. No querían prisioneros liberados. Querían cadáveres.
La marcha de la muerte
El 29 de enero de 1945, unas cuatro mil mujeres judías fueron obligadas a iniciar una marcha de la muerte desde Grünberg. Era pleno invierno. No tenían ropa adecuada. Apenas recibían comida. Quien no podía seguir el ritmo era ejecutada en el camino.
Durante más de tres meses caminaron cientos de kilómetros. La nieve, el hambre y la desesperación avanzaban con ellas. Las mujeres morían cada día. Algunas por agotamiento. Otras por enfermedad. Otras simplemente se dejaban caer.
Gerda siguió caminando.
Más tarde explicaría que sobrevivió aferrándose a pequeños actos de resistencia: una fotografía de su familia, la decisión consciente de no renunciar a quién era, la promesa íntima de aguantar un día más.
Un día más.
Y luego otro.
Cuando la guerra ya había terminado

A comienzos de mayo de 1945, la guerra estaba llegando a su fin. Pero la marcha continuaba.
De las cuatro mil mujeres que habían partido, solo unas ciento veinte seguían con vida el 7 de mayo. Ese día llegaron a una fábrica abandonada en Volary, en lo que hoy es la República Checa.
Gerda estaba esquelética, enferma, casi inconsciente. Pesaba treinta kilos. Su cabello se había vuelto blanco. Vestía harapos. No se había lavado en tres años.
Entonces escuchó vehículos acercándose.
Eran soldados estadounidenses.
Un gesto que devolvió la dignidad

Un joven teniente descendió de un jeep. Gerda reunió las pocas fuerzas que le quedaban y, con un inglés torpe, dijo una frase que había sido peligrosa durante años:
“Somos judíos”.
El soldado se detuvo un segundo.
Luego respondió:
“Yo también”.
Se llamaba Kurt Klein. Había huido de Alemania años antes y ahora regresaba como parte del ejército que liberaba Europa.
Kurt le sostuvo la puerta para que entrara.
Era un gesto mínimo.
Pero era la primera vez en tres años que alguien le ofrecía dignidad.
Más tarde diría: “Ella caminó hacia mí y supe que estaba frente a la mejor persona que conocería en mi vida”.
De sobrevivir a vivir
Cuidaron juntos a los sobrevivientes. Hablaron. Compartieron silencios. Cuando Kurt fue transferido, comenzaron a escribirse. Un vínculo nacido en medio del desastre se transformó en algo profundo y duradero.
El 18 de junio de 1946, en París, se casaron.
Construyeron una vida en Estados Unidos. Tuvieron hijos. Un hogar. Un futuro que parecía imposible años antes.
Pero para Gerda, sobrevivir no era suficiente.
Convertir el dolor en memoria

Gerda sentía una obligación profunda con quienes no lo habían logrado. Escribió sus memorias. Contó su historia. Visitó escuelas, universidades y auditorios. Habló sobre el odio, la indiferencia y el peligro del silencio.
No habló desde el rencor.
Habló desde la memoria.
Décadas después recibió los más altos reconocimientos civiles. Pero nunca habló desde el orgullo. Siempre recordó que su vida era una excepción entre miles de ausencias.
Su mensaje fue constante y claro:
Recordar no es opcional.
La libertad es frágil.
La dignidad humana importa.
La puerta que sigue abierta
Kurt murió en 2002, después de más de medio siglo juntos. Gerda continuó hablando hasta sus últimos años. Falleció en 2022, a los noventa y siete.
Cuatro mil mujeres comenzaron la marcha de la muerte.
Solo ciento veinte sobrevivieron.
Gerda fue una de ellas.
Y pasó el resto de su vida honrando a las tres mil ochocientas ochenta que no regresaron.
Esto no es solo una historia de supervivencia.
Es una historia de propósito nacido del horror.
De cómo un gesto sencillo puede sostener una vida.
De cómo la memoria puede convertirse en una forma de justicia.
Ella ya no está.
Pero su voz permanece.
Y mientras se siga contando su historia, esa puerta seguirá abierta.